miércoles, 26 de febrero de 2014

Poemas reunidos en la noche





*
en el terciopelo de la noche
la oscuridad
de la noche

a veces un desgarramiento
como si una seda preciosa
se rompiera

a veces una oscura lamentación
un dolor que no puede
articularse

sólo el desgarro
y
la sangre preciosa
que se pierde

*
Invierno

en la alta noche
sólo quiero abrazar
a mi perra
-su cuerpo tibio
su suave olor animal-

lejos de los subterfugios
 del lenguaje
de sus bastones de hierro

lejos de la ebriedad
 de los sentidos
de sus vidrios oscuros

sólo
la quietud de la noche
el cuerpo tibio
de mi perra
su perfume
la profunda entrega al sueño
despojada
lejos
tan lejos
de este mundo demencial

a mi perra Frida 
27 de agosto de 2008

*
Camille

insomne
elige
 el mármol más puro

le sangran las manos
el frío
le agrieta los labios

no obedece
 al dolor
ni al frío de la nieve

Camille talla
la piedra oscura
de su desdicha

alucinada 
llega al corazón de la piedra
y la piedra
dice

sábado, 22 de febrero de 2014

NARRARSE A SÍ MISMA

En la fragilidad de los días, Nélida Cañas

Apóstrofe Ediciones, 2013, 74 páginas 


Verónica del Carmen Gutiérrez* 



                                                                  Lo que quiero contar es tan delicado como la propia vida 
                                                                                                                               Clarice Lispector 


En la fragilidad de los días, de Nélida Cañas, reúne una serie de prosas poéticas configuradas a partir de una voz narradora que recuerda fragmentos de la infancia para encontrar ahí los pliegues del deseo de la escritura. Es el tono confesional el que gana la narración, el que urde los fragmentos de la memoria y los deseos, los rincones de la infancia y las antiquísimas palabras de las que se nutre la escritura presente. 
En estos textos, la infancia queda anclada a un lugar, la llanura, al sur de la provincia de Córdoba. El cielo de la infancia, “lugar donde el horizonte siempre está más lejos”, coincide con el cielo inagotable de la llanura, con las primeras palabras y las primeras letras, las primeras formas de acercarse al mundo, de revelarlo. El libro, claramente autobiográfico, es también una reflexión sobre el trabajo de la escritura, que no consiste en otra cosa aquí que en sacar las cosas de su mutismo. Nélida Cañas logra mantener en él un equilibrio entre los pasajes marcadamente líricos y aquellos en los que se produce una distancia y se piensa el trabajo con la palabra y el acto creador. 
La llanura es la casa de la abuela Leonarda, las acacias y tamarindos, el olor a la tierra mojada, el sonido de las gotas de lluvia sobre los techos de zinc, el viento, el tren, el hielo de la escarcha pero es también el sitio de la dimensión del fantasma, el espejo en el que el yo se mira y encuentra a la otra, a la niña que caminó entre esas acacias y tamarindos, que vio el tren y el hielo de la escarcha, y en ese reflejo quien cuenta encuentra las cifras y los gestos que anuncian una vida: la de la escritora, la de aquella que busca penetrar en lo incierto y salirse de sí para mirar el mundo con el asombro de una niña. Ahí, en ese reducto fantasmático de la llanura, que ahora la literatura recupera, se fraguó un destino. Junto con la naturaleza y los instantes recordados están las primeras lecturas, algún libro cuya historia se ha olvidado, las novelas de Corín Tellado, la revista Idilio, y el amor por la escritura de un padre casi analfabeto. “Ahí, siendo una niña hecha de asombro y de quietud, nació mi escucha apasionada y el deseo de escribir. El mismo deseo que me sustenta todavía.” La llanura es, por ello, en el texto de la escritora cordobesa, un espacio geográfico y un espacio íntimo, interior y propio, y lo es indistintamente; se confunden los planos hasta volverse uno en el texto literario. 
Los espacios y los actos cotidianos se cargan del encanto que les da la memoria (tender la ropa al sol, jugar en el patio a la equilibrista) y recuerdan a esas geografías fulgurantes de la infancia de las prosas-poemas de Marosa Di Giorgio, por ejemplo, palabras dictadas al oído por una voz/niña, narradora sujetada para siempre al espacio fantasmal de la infancia y de los seres mágicos que la pueblan. 
Si el texto exhibe un tono confesional, ¿ante quién dice?, ¿ante quién recuerda?, ¿quién es ese otro de la comunicación, el destinatario confidente de esa comunicación íntima? La narradora habla también con la niña que fue, desdoblándose en la letanía con la que se inicia el libro: “Pequeña niña nocturna/Salvaje. Íntima niña. /Animal voraz, desgarradura/Niña pequeña nocturna. Sola. Perdida niña mía/ Espejo. Danza. Gozo del fuego/ Pequeña niña nocturna. Tan mía. Tan de mí. Tan insaciable.” El sujeto autorreferencial habla consigo generando una textualidad (artificialmente) dialógica. Contarle a la “Pequeña niña nocturna/Salvaje. Íntima niña” es narrarse a sí misma la historia familiar, la vida en la llanura que apenas vuelve, escribir sobre lo que la frágil memoria sostiene, desdoblarse en personaje/narradora/niña para entender y entenderse al mismo tiempo, comprender de algún modo el universo vivido y la alquimia de sensaciones que originó la escritura. La escritura aparece, entonces, como una prolongación de los años infantiles. 
“Una niña pequeña vive conmigo desde que nací. En hora extraña se abraza a mis rodillas, me mira con ojos desprevenidos y quiere que le cante su canción
[…] Así vivimos, acomodadas la una a la otra. A veces cómplices. Adversarias, otras. Condenadas a soportarnos en la fragilidad de los días.” 
Junto con esa niña que es ella misma pero que, a la vez, está perdida, la voz narradora recorre los días de los que la memoria apenas puede recuperar retazos, instantes, como señala el epígrafe de Marguerite Duras que abre el libro y condensa el sentido que guía la operación narrativa de Nélida Cañas: 
“la memoria siempre es rama, nunca árbol, así es este momento, son ramas, momentos en que mi mente viaja de lugar en lugar, de rostro en rostro, de aroma en aroma, del día a la noche y de vuelta al día.” 


*Instituto Luis Emilio Soto (UNSa.) - CONICET



EVOCACIONES :

“EN LA FRAGILIDAD DE LOS DÍAS”  - NÉLIDA CAÑAS -  
(Apóstrofe  Ediciones – Noviembre, 2013)

En el bello libro que hoy nos convoca, la escritora cabralense  Nélida Cañas nos deleita, una vez más, con su prosa poética y su narrativa breve.
“En la fragilidad de los días” podría considerarse  una autobiografía contada desde las sensaciones y emociones vivenciadas por la poeta-niña en la “casa natal” que albergó su infancia, al sur de la provincia de Córdoba  donde  pudo “experimentar todos los juegos de la imaginación. […] La llanura preparó mi espíritu en la contemplación”.
Los relatos están hechos de instantes, de fragmentos de la infancia que no son cronológicos. Como no lo es _ al decir del poeta Hugo Mujica_ “el afecto, la memoria, las pasiones. La vida está hecha de momentos, intensidades, son las cosas que no pasan, que conviven con los presentes, que saltan a un pasado, resignificándolo […] El tiempo es más vital que la cronología…”
La narradora se pregunta, “¿Preparaba entonces, sin saberlo, mi cuerpo y mi espíritu para la escritura? “ La respuesta se abre al “cielo de la llanura, […] donde se conjugan todas las formas y todos los colores, donde el infinito pesa hasta hacernos sentir la verdadera dimensión de lo humano: su fragilidad”. Donde, al rememorar, la mujer y la niña se abrazan en una simbiosis creadora. “Así vivimos, acomodadas la una a la otra.”
Lo vívido de las remembranzas, la “naturaleza pródiga: garzas, gorriones, tordos , caranchos, lechuzas, palomas, calandrias… sauces, fresnos, eucaliptus, tamarindos, […] los campos de trigo, los alfalfares, los atardeceres, las tormentas, las gredosas  manos de los labriegos” abren en el lector  sentimientos de comunión e  identificación. Especialmente quienes han habitado estas tierras y se ven representados en los seres que “secretamente aguardaban para ser contados. […] Mi padre estaba hecho de viento y lejanía. […] A menudo puedo ver su orgullosa y solitaria figura en la enorme extensión de la llanura quitando una a una las malezas de aquellos surcos infinitos.[…] La abuela Leonarda… se mece en el aire claro de la mañana… Entre las acacias y los paraísos de la casa de la infancia todavía escucho su respiración, como un rumor suave y dorado de una abeja en el fuego de la siesta.”
Borges sostiene en uno de sus cuentos que “el destino de cualquier hombre consta en realidad de un sólo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.  Nélida confiesa: “Siempre supe de una manera misteriosa que la infancia, mi infancia en la plenitud de la llanura había configurado mi ser y mi estar en el mundo. Y por lo tanto mi escritura, que es mi natural forma de estar en el mundo […] Siempre fui escritora.  Aún antes de saber escribir “
“La trama del mundo que nos rodea / es un texto para ser leído”,  reza el epílogo de “Lecturas de infancia”,  _ última parte de las tres que integran la obra_.  Un relato fascinante del encuentro de la niña con la lectura. “En la casa de la llanura no había libros […] Cuando mi madre se casó con mi padre, llevó a la casa de la llanura dos libros. Quizá su anhelo me acercó a la palabra. A la posibilidad de nombrar,  de arrancar del mutismo el nombre de las cosas.”
Si el vacío alimenta el deseo y el silencio  la palabra,  de ambos  se nutrió la niña en la soledad de la llanura para poder expresarse como una “pequeña trapecista en el vacío, que amaba el equilibrio y el silencio”.  Nélida nos habla desde el “sigilo”, el “silencio”,  el “secreto” del que nace toda escritura.  Desde una realidad irreductible, más allá de esa “tierra inagotable” de la llanura con sus patios, sus techos y sus cielos. Nace de lo inaprehensible del amor, del dolor y  de la felicidad de una infancia eternizada en la fragilidad de los días.                      

                                                                                                                                                                                                               Ana María Martinengo


sábado, 15 de febrero de 2014

Todo viene de muy lejos y va más lejos que nosotros

Querida amiga, acabo de leer tu último libro En la fragilidad de los días que me hizo llegar nuestra entrañable amiga  Ana María y realmente me pareció maravilloso, ponerle poesía a la cotidianeidad no es fácil, quizá por ser cosas que tenemos tan incorporadas que no valoramos lo suficiente.
El paisaje pampeano con su horizontalidad,  puede resultar monótono para los viajeros, pero para sus habitantes está lleno de vida, secretos, olores, sabores y detalles maravillosamente descriptos en tu obra.
El rumor de lo que nace me hizo reflexionar mucho sobre  la creación y la obra de arte, creo que lo que siente el escritor ante la hoja en blanco es lo mismo que siente el pintor ente el lienzo o el escultor ante un bloque de piedra, en todos late el deseo de ser “mas allá de sus propios límites” lo fantástico es que vos hayas podido ponerlo en palabras.
Esto me hizo volver a una obra de Marguerite Yourcenar Con los ojos abiertos donde dice: Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones. Esto vale para todos mis libros, y aún diría para toda mi vida. Quizá para cualquier vida, y los mejores entre nosotros, quizá son también solo cristales conductores…. A propósito de mis amigos me repito con frecuencia la admirable frase que, según me dijeron, es de Saint Martin, “el filósofo desconocido” del siglo XVIII…jamás verifique la cita: “Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”. Todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros. Dicho de otro modo, todo nos rebasa, y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado…
Finalmente te agradezco una vez más que me hayas ayudado a recuperar esa niña-adolescente que creí haber dejado en el pueblo para siempre, al leer tu libro se hizo presente y volvió a mi con toda su fuerza,  haciéndome saber que nunca se separó sino que me constituye, lo mismo que me constituyen los momentos compartidos con otras niñas de la llanura.

Con inmenso cariño y un montón de recuerdos te abraza.

Susana.

martes, 14 de enero de 2014

Sobre "En la fragilidad de los días" - Antonio Gutiérrez


LA INFANCIA EN LA LLANURA: "EN LA FRAGILIDAD DE LOS DÍAS", DE NÉLIDA CAÑAS (Apóstrofe Ediciones, Jujuy, 2013)



Por Antonio Gutiérrez




El libro “En la fragilidad de los días”, texto de narrativa breve y prosa poética recientemente editado, de la escritora Nélida Cañas, rememora, a la manera proustiana, los años de la infancia en un pequeño pueblo del sur de la provincia de Córdoba donde la extensión de la llanura se parece al tiempo. A sus páginas asisten, como convocadas para un extraño cónclave, las imágenes del pasado, los sabores, los sonidos de la lluvia, la fragancia de las plantas, los objetos amados, los rostros familiares, los acontecimientos cotidianos que quedan inscriptos en los recodos del alma e insisten en retornar al presente.



Es que la reminiscencia (a diferencia del recuerdo) no sólo es memoria sino fundamentalmente convocatoria, comunión, lugar de reencuentro, calidoscopio donde se reúnen de repente las imágenes y fantasmas de la infancia perdida y ahora recuperada, como en Proust, en “El camino de Swann”, cuando el sabor de una magdalena a la hora del té, desencadena en Marcel, personaje de la novela, las vivencias de su infancia en Combray.



Las bellas páginas de “En la fragilidad de los días” son fruto de la reminiscencia y producen a la vez un efecto de reminiscencia en los lectores, principalmente en quienes hemos vivido la infancia y la juventud en esos pueblos de la llanura donde el campo no deja de convocar las metáforas marítimas, una oceanidad de tierra poblada de extraños navíos bogando en la inmensidad de las aguas: los paraísos, el viento Sur, la lluvia en los techos de zinc, la escarcha de los inviernos, los gorriones, las formas cambiantes en el cielo de la pampa, el ruido de los motores en la ruta, el paso del tren, el aroma de la alfalfa, la alegría de la llegada de los circos con sus payasos y equilibristas, el secreto de la existencia en los guadales del tiempo.



En el libro de Nélida está dicho lo indecible, lo innombrable de la llanura, aquello que el lenguaje corriente no puede expresar, es decir, aquello que sólo la palabra poética puede aprehender. En sus páginas la brevedad, lejos de constituir una síntesis histórica o una simple economía de lenguaje, descorre el horizonte de un vastísimo mundo poblado por los habitantes de la niñez que se resisten a la desaparición definitiva y que acuden en peregrinaje desde el pasado a la honda celebración en el texto: el sabor del dulce de batata o membrillo con queso, el padre trayendo duraznos, el fuego de la siesta, el silbo de los pájaros, el olor del alcohol alcanforado, el recuerdo de la abuela, la ropa tendida, los retratos familiares.



Y no es que esos habitantes de los años regresen escritos en la creación literaria, sino que están allí directamente recuperados, traídos al presente en su condición más real, en su materialidad más exacta. De este modo vuelve a caer la lluvia en los techos de zinc, el padre regresa nuevamente con frutas a la casa de la infancia, las acacias continúan floreciendo en el patio de la casa de la abuela Leonarda, el aroma de la alfalfa vuelve a inundar los sentidos, el circo con su equilibrista retorna después de muchos años al pueblo. Regresan más reales que nunca, pero resignificados, vistos en su más cabal dimensión. “No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”, dice Jorge Luis Borges en el prólogo de uno de sus libros. 



En la casa de la infancia en la llanura, dice la narradora, no había libros, “había garzas, gorriones, tordos, caranchos lechuzas, palomas, calandrias (…), había campos de trigo, campos de alfalfa, de lino, de maíz, de sorgo, de girasoles”, seres que aguardaban ser contados, que reclamaban decirse. Nélida tomó entonces las bellas lapiceras de su padre, que “apenas sabía escribir”, y cumplió con el deseo paterno, postergado por los deberes de una vida de trabajo en la llanura. La naturaleza tomó la mano de Nélida para poder escribirse.



En el relato “En la fragilidad de los días” que da el nombre al libro de Nélida, la infancia perdida (y recuperada), asume la ingeniosa forma de un diálogo de la narradora con una niña pequeña que en definitiva es ella misma, una pequeña niña en la fragilidad de sus días y sus noches, que se abraza a sus rodillas y le pide que le cante su canción preferida, una indefensa niñita que busca protección y que quizá no sabe que a quien abraza no es a otra que a la mujer, a la escritora, que será en el porvenir. Pasado y presente se encuentran en una temporalidad que se sitúa más allá del tiempo cronológico y que nos evoca aquel cuento de Borges “El otro”, donde un señor mayor (el mismo Borges devenido en personaje del cuento) se encuentra en un banco de una plaza en Ginebra con el muchacho adolescente que fue en el pasado, cuando residía a sus 17 años en esa ciudad europea. Los dos entablan entonces una conversación: el joven le pregunta a Borges cómo será su vida en el futuro y Borges mayor, rememora así su pasado y le cuenta al joven las cosas que le deparará la existencia. 



Es aquí donde el relato de Nélida, más allá de los recuerdos infantiles, toca un punto de real que atañe al fantasma de todos, un punto de identificación que nos confronta con nuestra propia infancia y nos hace ser partícipes de su literatura.



Es que “En la fragilidad de los días” ya es un libro de todos.

Sobre "En la fragilidad de los días" - Mónica Mera

Ha dicho Mónica Mera:

Mi querida Nélida, los reyes me trajeron tu libro En la fragilidad de los días, suave al tacto y con la delicadeza de la florcita rococó. Lo abrí y no pude cerrarlo hasta terminar. Te vi de niña entre los fantasmas blancos dando vida a las goteras de la casa, tan maravillada de tu infancia que sentí en vos y en tus palabras a todas las infancias, a todas las niñas que saben disfrutar de lo verdadero. Me vi a mi misma y a mis niñas y estallé en llantos en cada relato. Este libro tan bien escrito es una Joya, esas historias de amor y de respuestas que uno necesita volver a leer para seguir sintiendo, para darse cuenta que en las pequeñas cosas está la vida ¡Gracias Nélida por este hermoso y tan valioso regalo! Un abrazo-

Sobre "En la fragilidad de los días" - Emilia Virginia Acosta

Ha dicho la escritora Emilia Virginia Acosta:

Querida Nélida:
Llegó a mí tu “En la fragilidad de los días”. Quedé impactada por la presentación del libro. Todo es una belleza con una dualidad: fragilidad-fortaleza. Es tan delicado el tono, la ilustración, las palabras de contratapa, la solapa y esa cinta con rosa rococó... Qué decir de esta obra de arte realizada desde tu inmensa niña interior, con un amor impresionante, casi intangible –si no fuera por el objeto/libro- pero que se impone con una fuerza increíble en el espíritu.
La ilustración me remitió de inmediato a mi infancia, cuando encontrábamos ese “pan de Dios” lo llamábamos. Cortábamos con suavidad su tallo para poder soplarlo a favor del viento... Un recuerdo que no tiene fuerza con la narración porque es tan efímero  como el pan de Dios.
Tu nombre abrazando la tapa y contratapa me produjo un efecto puramente visual fílmico, se desplazan y desplazan en ronda, no se detienen en ningún momento.
El interior es un mundo lleno de una mirada asombrada ante el universo generoso. La llanura es parte de tu ADN. Y creo, será así: una llanura inconmensurable que al igual que las letras de tu nombre seguirán rodando, rodando, por todo tu tiempo.
Felicitaciones Nélida por este libro increíble en su escritura y rescate de tu infancia adolescencia con la dulzura de la palabra, con la precisión del decir, pareciera –cosa que sabemos es totalmente lo contrario- que es un ser dócil a tu mano, dócil  a tu memoria, un junco que se dobla a la caricia. Pero sé que fue una tarea de orfebre recorrer ese camino.

Albricias!!! Un nuevo niño ha nacido.

martes, 17 de diciembre de 2013

Orfebres



      Se trabaja el ser desde el nacer al morir. Se trabaja con paciencia de orfebre. Y trabajan con uno los que están cerca. A veces los que están cerca nos cercan con paciencia de orfebres.
       En silencio el ser compone su propia música escuchándose profundamente. Escuchando. Al principio de la vida se es fuerte. Hay un empuje inmenso, un empuje que nos viene tal vez con aquel impulso ciego de nacer. Nacer, no sin dolor, por el oscuro y estrecho túnel hacia la luz. Hacia la violencia de la luz.
      Trabajar. Ser orfebres de un sí mismo ignorado. O no tanto. Hay una melodía que viene con nosotros. Una melodía que conoce suavidades y estridencias. Altos y bajos. Las formas posibles del sonido y el silencio.
    Poco a poco se pone uno a tono con su ritmo interior. Trabaja y elige a cada paso. No digo con sabiduría. A veces, puro instinto. A veces, intuición. A veces, visión. Así va marcando su propio itinerario.
      A veces viene un golpe duro, terrible, que desajusta el andamiaje. Corroe las notas de la melodía interior. Y uno se pierde entonces de sí mismo, en una selva enmarañada y oscura. Impiadosa. Cuesta retomar el ritmo. Cuesta volver a escuchar las notas quebrantadas de la propia melodía.
         No hay maestros que ayuden a retomar el ritmo. Sólo uno mismo conoce las notas olvidadas. Pero, 
¿ cómo escucharlas? ¿Es posible  tomarlas en su quebrantadura y ponerlas otra vez al compás del propio, enturbiado, corazón?
       

lunes, 16 de diciembre de 2013

Poemas del Libro de las flores (inédito)




*
Enunciación

el poema
florecido
en mi mente
aroma
que persiste
aún en el olvido
del color y la forma

*
Florecimiento

convocar a la flor
gestarla en la vigilia
y 
en el sueño
nacerla
seducirla
copular desvergonzadamente
con ella
socavarla
como un amante enloquecido

amar a la flor
hasta negarla
renegar de ella
estrangularla

florecer
florecer al fin
en el silencio
de lo leve

domingo, 15 de diciembre de 2013

Flores




        Mi padre nació en la pobreza. De padres analfabetos, que es otra forma de decir pobreza. Peones de campo. Sembraban la tierra, aguardaban la bienaventuranza  del clima y luego recogían las cosechas. 
        Mi padre apenas si sabía leer . Apenas balbucir lo que se abría ante sus ojos como un mensaje cifrado. Fue hasta segundo grado de una escuelita rural en la llanura.  Escribía con dificultad, con el empeño de los niños, tomando muy fuerte el lápiz y dejando sobre la hoja un trazo grueso y profundo como si se tratara de un surco sobre la tierra. Cuando debía escribir su profesión ponía: "Agricultor", con la A mayúscula en pico como una pirámide. Una A capaz de elevarse hacia el cielo. Una A capaz de tocar la felicidad.
       Cuando todos lo hermanos se hicieron hombres pudieron arrendar la tierra. Ahí estuvieron trabajando esa tierra fértil y generosa hasta que decidieron tomar cada uno su propio camino. Aquel fue un doloroso desprendimiento. Remataron los animales y las herramientas. Todo lo que durante años habían logrado reunir. Mi padre se quedó ahí, sujeto a esa pérdida. Se acentuó su melancolía. Nunca dejó de ser aquel agricultor con la a mayúscula  enhiesta y orgullosa como una pirámide.
     En nuestra casita del pueblo al que nos fuimos a vivir mi padre tuvo su jardín: marimonias, dalias, crisantemos, lirios morados y blancos, violetas y geranios. Tenía una bicicleta roja y cultivaba su jardín. Siempre trajinaba gajitos, bulbos o ramos de flores. La gente que le agradaba recibía sus flores recién cortadas.  Por las tardes solía cruzar el pueblo hasta el otro lado del ferrocarril donde estaba la gruta de Nuestra Señora de Lourdes. Iba a llevarle flores y a pedirle por sus cosas. Es posible que pidiera para ser feliz. Porque mi padre no fue feliz. Entonces debía pedir por felicidad. O por una oportunidad para la alegría. Tal vez me equivoque y más allá de su melancolía, de su mirada siempre lejos, había pequeñas alegrías. ¿Acaso cultivar la tierra o andar a caballo, solo, en la plenitud de la llanura?¿Acaso cuidar su jardín o regalar aquellos ramitos? ¿Acaso mirar lejos, atrapar lo lejano? No lo sé. No sé cuales hayan sido los motivos de su alegría, pero recordarlo ahora cultivando la tierra o regalando las flores de su jardín me hacen pensarlo como un hombre bueno y generoso. Lo demás se lo llevó con él. En su mirada profunda hecha de lejanías.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Acerca de mi padre





28 de diciembre

Mi padre se inventaba pequeñas historias para sorprendernos El Día de los Inocentes: un amigo venido de muy lejos nos aguardaba en la puerta, la llave no funcionaba y habíamos quedado adentro, su bicicleta roja había desaparecido, el cielo anunciaba una tormenta desmedida... Él, el más inocente, quería sorprendernos, regalarnos un instante de felicidad hecho de lo insólito, de aquello que pudiera romper la monotonía de los días, acaso la tristeza. Entonces era una niña y nunca le hice saber que conocía sus inventos. Actuaba para él. Me sorprendía. Dejaba que creyera mis asombros. Luego los dos nos reíamos y ahí nos encontrábamos. Nos encontramos todavía cuando escribo este breve texto y te dejo saber que los dos, vos y yo, éramos muy malos actores, pero cuánto nos amábamos.


Jaurías del Alba





"Que no se acuse a nadie de mi vida."

Marguerite Yourcenar


*

Desatadas jaurías
merodearon
la orilla de mis días
Hambrientas devoraron
uno a uno
los amores más puros
Mutilada
sangré por la palabra

No podrá la muerte


*

He sido un pez
una loba
una roca
alguna flor silvestre
en la montaña

Nunca el alba
nunca tu mirada
ni ese graznido seco
en la tormenta

Nostalgia de los reinos
que he perdido

De Jaurías del Alba, Alción Editora, Córdoba, 1998

lunes, 5 de diciembre de 2011

Carta


Querido Franz
¿siempre son tristes
los atardeceres
de domingo?
¿llueven ausencias?
¿desbaratan sueños?
¿astillan?
¿socavan?
¿ensayan contigo
el salto definitivo?


No 
mejor no lo digas
guarda silencio
calla
permanece a mi lado
como un minúsculo fantasma
juguemos a las escondidas
con esa esquiva
línea de luz


                                              Leyendo Palabra desierta del poeta Francisco Romano Pérez
                                              domingo 4 de diciembre de 2011

viernes, 25 de noviembre de 2011


De Una palmera en el fondo del cielo (2004)


El otro de mí
Eres la piedra hecha de algas y rumor de mareas, que no puedo arrojar sin la impiadosa visión del vacío.


Espiral
La lengua de las mariposas. Finísima espiral que puede llegar hasta la delicia del néctar, embriagarse con él y bailar en el aire hasta caer rendido en el vértigo del vuelo.


Diamelas
No estaba sola. En el desierto de su cuerpo inventaba diamelas.



Alfalfa florecida


El que no conoce el aroma del alfalfa florecida, su envolvente aroma en las tardes de verano, se priva de una parte esencial del mundo. La alfalfa florecida en la llanura, ese otro mar. Esa conjunción de hierbas y brisas azules purificando el aire. Esa felicidad.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De Una palmera en el fondo del cielo

Persitencia


Escribir. Escribir lo  sublime como quien pinta el cielo o traza un círculo.




Gozo


En la ceguera de la vigilia trazo el ala para alcanzar el gozo del vuelo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

De Breve Cielo

Breve cielo, instante fugaz e irrepetible en que la palabra reúne lo disperso formando una pequeña constelación.
Pequeña constelación donde se encuentran microrrelatos, reflexiones, textos raros, retratos, cartas breves y urgentes. Movimientos de un espíritu atravesado por el fuego de la poesía. Textos que nacen de ahí, de esa materia ardiente, inasible.
Poemas, microrrelatos. Ambos breves e intensos. Abiertos a la multiplicidad de sentido que despierta lo mínimo.
Creo en el principio instaurado por la Bauhaus: menos es más.
Creo que el mundo onírico nos abre a una realidad más plena.
Creo, con Héctor A. Murena, que no hay que estar preparados; sólo alertas.
Creo que lo fantástico está a la vuelta de lo cotidiano.
Creo en el anverso y reverso de las cosas.
Creo que hay que escuchar en el ritmo de la respiración nuestra propia música.
Creo en la singularidad y en el silencio.
Creo que lo que debo escribir ya está escrito secretamente en mí.
Creo en la flor de Coleridge.

Córdoba, otoño de 2010

Mujer descalza

estaba descalza
rodeada de copas rotas
me detuve en la puerta
para verla
y no la nombré
para no asustarla

ella seguía ahí
entre trozos de vidrio
ordenando lo que no estaba
con el cigarrillo en la boca
y el pelo suelto
como un campo lluvioso

en la ventana pasa
el Xibi Xibi
y lava una y otra vez
la piedra seca
de su desdicha

a veces abre la ventana
y se deja llevar
por las aguas
sus pies sangrantes
flotan entre las algas