domingo, 15 de diciembre de 2013

Flores




        Mi padre nació en la pobreza. De padres analfabetos, que es otra forma de decir pobreza. Peones de campo. Sembraban la tierra, aguardaban la bienaventuranza  del clima y luego recogían las cosechas. 
        Mi padre apenas si sabía leer . Apenas balbucir lo que se abría ante sus ojos como un mensaje cifrado. Fue hasta segundo grado de una escuelita rural en la llanura.  Escribía con dificultad, con el empeño de los niños, tomando muy fuerte el lápiz y dejando sobre la hoja un trazo grueso y profundo como si se tratara de un surco sobre la tierra. Cuando debía escribir su profesión ponía: "Agricultor", con la A mayúscula en pico como una pirámide. Una A capaz de elevarse hacia el cielo. Una A capaz de tocar la felicidad.
       Cuando todos lo hermanos se hicieron hombres pudieron arrendar la tierra. Ahí estuvieron trabajando esa tierra fértil y generosa hasta que decidieron tomar cada uno su propio camino. Aquel fue un doloroso desprendimiento. Remataron los animales y las herramientas. Todo lo que durante años habían logrado reunir. Mi padre se quedó ahí, sujeto a esa pérdida. Se acentuó su melancolía. Nunca dejó de ser aquel agricultor con la a mayúscula  enhiesta y orgullosa como una pirámide.
     En nuestra casita del pueblo al que nos fuimos a vivir mi padre tuvo su jardín: marimonias, dalias, crisantemos, lirios morados y blancos, violetas y geranios. Tenía una bicicleta roja y cultivaba su jardín. Siempre trajinaba gajitos, bulbos o ramos de flores. La gente que le agradaba recibía sus flores recién cortadas.  Por las tardes solía cruzar el pueblo hasta el otro lado del ferrocarril donde estaba la gruta de Nuestra Señora de Lourdes. Iba a llevarle flores y a pedirle por sus cosas. Es posible que pidiera para ser feliz. Porque mi padre no fue feliz. Entonces debía pedir por felicidad. O por una oportunidad para la alegría. Tal vez me equivoque y más allá de su melancolía, de su mirada siempre lejos, había pequeñas alegrías. ¿Acaso cultivar la tierra o andar a caballo, solo, en la plenitud de la llanura?¿Acaso cuidar su jardín o regalar aquellos ramitos? ¿Acaso mirar lejos, atrapar lo lejano? No lo sé. No sé cuales hayan sido los motivos de su alegría, pero recordarlo ahora cultivando la tierra o regalando las flores de su jardín me hacen pensarlo como un hombre bueno y generoso. Lo demás se lo llevó con él. En su mirada profunda hecha de lejanías.

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